28 abr. 2011

Visita

Hoy, para variar un poco, he decidido ir a echar de menos a Himy a otro lugar. Mi madre me ha soltado la charla de que tengo que salir, relacionarme, bla bla bla; sé que solo se preocupa por mí, pero no tengo ganas de ir de fiesta precisamente. Para que se quedara tranquila, le he dicho que saldría. Lo bueno es que no ha especificado el lugar al que tengo que salir, así que voy a ir al cementerio. Voy a visitar a mi hermana. Así también le puedo llevar el ángel. Es suyo y quiero que lo tenga.
Tuve que aguantar a mi tía hablando, durante toda la comida, de que han cambiado el chico de las pinturas en la tienda donde ella las compra y el nuevo no conseguía el color exacto que ella quería para su habitación. Cuando ella acabó, mi hermano Max se pasó otra hora hablando del coche que arregló hoy en el trabajo. Ahora si que me voy a volver loca, de verdad. Cuando acaban de hablar salgo de casa lo más rápido que puedo, antes de que empiece alguien más a contar su día.
Cojo el atajo de tierra, para llegar antes. Va por el bosque, pero a mí me gusta. Es silencioso y tranquilo. Siempre llevo conmigo la cámara de fotos, ya que me apasiona inmortalizar momentos, lugares y paisajes. Estoy tomando una foto a una ardilla que me mira atentamente. De pronto, sale corriendo. Que extraño. Suelo atraer a los animales, incluso a los más asustadizos. Es algo que me pasa desde pequeña. Lo descubrí un día, cuando estaba con toda mi familia en el río y de pronto un ciervo salió del bosque y se tumbó a mi lado. Se quedaron todos asombrados. Nunca olvidaré ese momento. Fue mágico.
Siento otra vez que alguien me observa y miro a mi alrededor. Nadie. Estoy sola. Serán imaginaciones mías, estoy paranoica. Sigo andando por el bosque. Ya estoy cerca del cementerio. Justo a lado hay una casa abandonada. Lleva toda la vida ahí y los niños del pueblo dicen que es el hogar de un fantasma, que por esa razón sus padres no les dejan entrar en ella. Típico. Lo cierto es que está muy deteriorada y es peligrosa. Esa es la única razón por la que les está prohibido andar por aquí. Recuerdo que cuando éramos pequeñas, Himalia y yo habíamos decidido afrontar nuestros miedos y echar un vistazo. Nos llevamos una gran decepción cuando vimos que allí solo había muebles antiguos y arcones llenos de ropa vieja. No daba miedo en absoluto, quizás asco, por todas las telarañas y polvo que había. Pero no miedo. Por fuera era otro tema. Si el bosque ya asusta de por sí, imagínate si añades una casa de piedra, donde no vive nadie, con aspecto de llevar ahí siglos, y que además está al lado de un cementerio. La mezcla perfecta para una película de terror. Y no me quiero ni imaginar como será de noche. Ya que le tengo pánico a la oscuridad.
Oigo un crujido detrás de mí y me giro rápidamente. Solo consigo ver una sombra que desaparece entre los árboles. Sería un animal. Prefiero no dar pie a mi imaginación en estas situaciones, ya que me asustaría sin razón.
Llego al cementerio. Abro la enorme puerta negra, que separa el mundo de los vivos del de los muertos, y entro.

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