28 abr. 2011

Subiendo al cielo



El día en que todo ocurrió comenzó como un día normal.
Estaba allí sentada mirando las estrellas, como siempre, Bueli, mi abuela, me estaba explicando cuales formaban la constelación de Orión. Los grillos entonaban sus canciones, los pájaros dormían en sus nidos y la luna iluminaba el horizonte. Y fue en ese momento cuando sentí algo extraño, como si alguien me observara. Ese escalofrío que te pone la piel de gallina cuando sabes que alguien te acecha... simplemente terrorífico, y luego todo fue demasiado rápido para mis ojos. Escuché un sonido, ¿eran alas? Dios, me estaba volviendo loca. Podría ser un murciélago... aunque eso era poco probable, hacía meses que no se veía ninguno por aquí. Lo único que sé es que pasó algo demasiado raro para ser real, pero tan real que lo pude sentir. Después de ese revoloteo que pasó a mi lado, rozándome, lo vi. Estaba en el suelo. Brillante, solitario, majestuoso... hacía meses que no lo veía... bueno, en realidad hacía exactamente cuatro meses, dos días y siete horas. Desde aquel día en que alguien decidió que había llegado la hora de que mi hermana gemela dejase este mundo...
En aquel entonces tenía diecisiete años y había decidido ir a donar sangre al hospital, Himalia siempre había sido generosa con los demás hasta un punto en que había que pararle los pies; recuerdo que cuando éramos pequeñas siempre me convencía para que la ayudara a curar pajaritos heridos, perros perdidos y gatitos sin hogar. Su sueño había sido estudiar para encontrar la cura del cáncer y ayudar a todas las personas que pudiera. Este sueño se desvaneció ese día, cuando después de dar su sangre para una buena causa, un atracador decidió que el dinero de mi hermana era más importante que su vida.
En este instante todo el oxígeno de dos kilómetros a la redonda se fue, no sé a dónde, pero me quedé sin aire.
Cuando vi esa pequeña medalla con la forma de un ángel azul, sentí que un hacha me partía el corazón en dos, no me lo podía creer.

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