28 abr. 2011

Dolor



Ese ángel se lo había regalado a Himalia el día de nuestro decimoquinto cumpleaños y desde entonces no se lo había vuelto a quitar. Decía que la protegía y yo me lo creía. Hasta aquel día en que ese hombre se lo arrebató junto con su vida. Yo siempre había querido recuperarlo, pero a la policía le había sido imposible encontrar ese pequeño recuerdo de una vida con mi hermana.
Verlo ahora era desgarrador y me dejaba sin aliento. Mi alma quiso gritar pero tenía un nudo en la garganta. El dolor me golpeó tan fuerte que pensé que me partiría en dos. Y cuando Bueli se giró y vio mi cara pude sentir su preocupación. Siguió mi mirada y sus ojos encontraron la causa de todo mi sufrimiento y entonces lo supe, supe que ese dolor también la estaba golpeando ahora a ella, como si de repente alguien te estuviera exprimiendo el corazón, intentando desgarrarlo y sacártelo del pecho.
Himalia lo había sido todo para nosotras desde siempre. La echaba tanto de menos... recuerdo que después de su muerte llovió durante meses, ya que el sol no se atrevía a mirarnos a los ojos por todo el dolor que había reflejado en ellos. También recuerdo el silencio. Un silencio atronador, que en realidad era un grito desesperado por esa pérdida. Estuvimos meses sin hablar, ni una sola palabra, no es que no quisiéramos, sino que no había nada que decir. El aura que emitía nuestra alma ya lo decía todo por nosotros.
Nunca llegamos a recoger sus cosas, aún a día de hoy su habitación sigue como la dejó. Por eso paso la mayor parte de mi tiempo encerrada allí, porque conserva su olor a sol y miel, porque aún puedes ver su alegría en cada rincón y porque es el único sitio donde no me siento sola y perdida. Entre estas paredes verde chillón paso el tiempo que me gustaría estar con ella... y sé que esto es lo más cerca que puedo estar ahora de mi hermana.
Aún recuerdo el día que pintamos estas paredes verdes tan a juego con su personalidad. Ese verde que nos encantaba, porque nos recordaba las escapadas al río en verano, cuando veníamos a pasarlo a casa de Abu. Ahora solo veo tristeza en esta habitación. Ya no consigo recordar su voz y eso me mata. Me pregunto como un solo instante puede cambiar tanto tu vida... Cada día pienso mil formas de llenar este vacío que va conmigo a todas partes, pero siempre acabo en el mismo lugar. Aquí sentada en esta habitación verde que me rompe el alma. Ya no consigo recordar como era ser feliz. Tampoco recuerdo su voz. Miro a mí alrededor y solo veo la niebla gris que envuelve todo, desde aquel día en que Himalia se fue y no volvió jamás. Ojalá yo tuviera ese espíritu aventurero de ella y esas ganas de vivir. Pero ya no siento eso, solo siento un entumecimiento que se va únicamente para dar paso a la tristeza, el dolor o la rabia. Hace demasiado tiempo que mi alma se niega a recibir otros sentimientos.

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